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Cati Ribot

Viticultora
,
Mallorca, España

Cati me recibe —a mí y, en realidad, a cualquiera— con brazos abiertos y copa de vino en la mano en su bodega de Santa Margalida, Mallorca. Allí hay un precioso cuadro de su familia pintado por su hija, Ne. Me encanta todo: los torsos desnudos, los vinos, los colores, el corazón flotando, la luna y el sol —quizá un eclipse— y después otro sol, porque supongo que nunca hay suficiente sol.

De alguna manera, el cuadro captura la calidez que se siente al hablar con Cati. Es una persona humilde y cercana, de esas que te hacen sentir en casa. Ahora ya la llamo amiga.

El talento artístico de Ne también encuentra su lugar en algunas de las botellas de vino de Cati Ribot, como Bosquet.

¿Cómo empieza tu relación con la tierra, con el vino?

Fue la viña la que me buscó a mí, yo no la busqué a ella.

Soy tercera generación de viticultores. Mis abuelos comenzaron con el cultivo de la viña, luego mi padre y mi madre continuaron. La bodega es el proyecto de mi padre; bueno, es familiar, pero el fundador fue él.


En el viñedo empezamos a plantar variedades internacionales: merlot, garnacha y chardonnay, en los años 90 se plantaban por todas partes. Después fuimos haciendo un campo experimental con variedades mallorquinas minoritarias como escursac, gargamussa, giró negre… esto era en el año 2006. Pero bueno, aquí en la bodega se hacían vinos más “tecnológicos” con variedades internacionales.

Yo trabajaba aquí porque era la única hija, no tenía hermanos ni primos y era como una imposición. Además, en mi subconsciente lo hacía por complacer a mi padre, no había nadie más entonces simplemente era un trabajo, no una pasión. Era algo muy fatigoso, me costaba mucho sostenerlo porque no lo disfrutaba. Yo nunca bebía vino, siempre cerveza porque realmente no me gustaba lo que estaba haciendo.

Más tarde, en 2008 y 2009, fui a Catalunya, donde hice el curso de sumiller. Ahí conocí a un gran amigo, Joan Rubió, que hace vinos en el Penedès, y probé muchos vinos de mínima intervención

Me fue necesario salir de Mallorca para observar realmente lo que estaba haciendo y darme cuenta de que ese no era mi camino. En aquel momento empezaron los cambios, en el 2010 pasamos el cultivo de la viña a uno ecológico. Hacia el 2012 todas las viñas ya estaban certificadas como ecológicas. Prestando atención a las variedades mallorquinas minoritarias me di cuenta de que esos vinos sí le daban un sentido a mi vida y me despertaban un sentimiento que me hacía vibrar. Entendí que podía crear mi propio camino elaborando vinos más sinceros, más honestos con los que crear un mundo de verdad. En un proceso de años, arrancamos todos los merlot, los chardonnay y plantamos giró ros, prensal blanc, malvasia, escursac.

Empecé a hacer vinos con mínima intervención en el 2014, fui haciendo diferentes cursos y un máster en Viticultura y Enología. En medio de todo este aprendizaje adopté a una niña, yo sola, soy madre soltera. 

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Son Llebre vineyards.

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¿Existe una conexión entre el proceso que estabas desarrollando y la decisión de adoptar?
Fue una llamada, una llamada interna. 

Nunca me he visualizado pariendo, hay cosas que no ves y leía historias de la India y me tocaban la fibra, yo soy una persona muy intuitiva y me escucho. Al final necesitas parar y escuchar qué hay dentro de ti y expresarlo, dejar que salga. 

Entonces a mí me tocaba la India, un día, hablando con una amiga y contándole mi deseo de adoptar me dijo: “¿Eh? ¿a qué esperas?, ¡Que la vida pasa!”. El 5 de abril de aquel año, cuando cumplí 40 años, empecé el proceso de adopción, un trámite que duró dos años y luego fui a buscarla, de eso hace ya 8 años. 

Al escucharte a ti misma, emprendiste tu propio camino…
Sí y después en el 2014 empecé a hacer vinos con mínima intervención, saqué al mercado un vino giró ros y prensal blanc y al presentarlos en una feria de vino en Palma fueron muy criticados. En aquel entonces, en Mallorca los vinos tenían una graduación alcohólica más elevada, 13 grados, 13,5 grados, y entonces vinos con 11,5 grados rompían los esquemas.

Incluso vino un periodista a decir que aquel vino no representaba Mallorca y a mi juicio sí representaba Mallorca porque eran dos variedades locales. En esa primera feria no vendimos nada porque, claro, el mercado era el mallorquín y la gente no lo entendía. Pero yo estaba contenta.

¿Tú creías?
Yo creía que era el camino y poco a poco seguí haciendo este vino y lo vendía aquí en la bodega. Años después, en el 2019, dije “hay que ir más allá” y fue cuando creé el proyecto de “Ve d’Avior”, es una expresión mallorquina que está prácticamente en desuso; hay gente de ciudad que ni siquiera sabe qué significa. Quiere decir “viene de tiempo atrás”. Son vinos hechos con variedades mallorquinas antiguas igual que se hacía antes, sin añadidos y por eso recibe el nombre del proyecto.

Mi abuelo hacía vino y el vino era muy malo. Lo hacía fermentar dentro de un cubo de piedra y ya se desviaba completamente. Nosotros hacemos lo mismo, pero acompañado de un proceso, con unos conocimientos. Iniciamos la fermentación fuera, cuando la temperatura sube lo movemos hacia la cámara frigorífica y vamos haciendo un acompañamiento. 

Retomando aquella feria en la que no hubo una buena acogida, ¿influyó que los vinos naturales no tenían un prestigio como tal?
Sí, hace 12 años los vinos eran más alcohólicos, con más cuerpo, mayor volumen. Y para ellos el mío no cumplía los estándares, no era como los otros, no representaba la isla. 

Para mí sí, era algo muy honesto, fresco, expresivo que decía mucho, para mí fue el primer vino que hice y que me tocó la tecla. Hacer ese vino me emocionó porque sí que expresaba y sí que contenía verdad.

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Ve d’Avior significa “de tiempo pasado”.

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¿En qué momento hay un cambio en la percepción de los demás?
En Mallorca empieza ahora pero cuando empecé con el proyecto hubo importadores del extranjero. El primero fue uno de Berlín que probó los vinos y dijo que quería comprarlos. Después por Instagram también me fueron contactando.

Empecé con 5.000 botellas, que se vendieron muy rápido, y ahora estamos con una producción de entre 25.000 y 30.000 botellas. Se venden por diferentes países…

¡Yo he visto tus vinos en Nueva York!
Sí, aunque bueno los mercados grandes serían Catalunya y Madrid. Después Mallorca, América, Inglaterra, Alemania, Suiza, Bélgica…

¿Son Llebre es un nombre heredado o de cosecha propia?
Es el nombre de la finca, nuestra finca se llama así y hacemos el “Son Llebre Blanc” y “Son Llebre Negre”, “Escambuix” que es uno rosado,  “Malvasia” y “Escursac” que son de variedades y los espumosos. 

En la finca tenemos 12 hectáreas y es un terreno franco-arcilloso, con una parte importante de arcilla y el 80% son variedades locales y en el 20% restantes todavía hay Cabernet y Syrah. Los dejamos porque el socio-fundador merece su lugar, no quiero que se sienta desplazado porque sin él no estaríamos aquí. Se continúan haciendo unos cinco mil litros cada año del vino del proyecto familiar que emprendieron mis padres. 

En tu día a día estás en contacto constante con la tierra. ¿Cómo es vivir con esa conexión y dependencia directa que, en la rutina de ciudad, tendemos a olvidar?
El año pasado tuvimos un fuerte ataque de moscardón verde. Es una plaga que te paraliza la maduración de la uva. Realmente te pone a prueba: hasta dónde eres capaz de llegar para elaborar un buen vino. Tuvimos que comprar uva, jugar con una y otra variedad. Con la parte que no pudimos cosechar porque no lograba madurar, hicimos mermelada de uva. Y al final dices… «¡Madre mía, lo hemos conseguido!».

Sea como sea, caiga quien caiga, esto tiene que salir.

Viene mucha gente a visitaros.
Sí, los sábados son los únicos días que está abierto y siempre vienen. Tenemos muy buena acogida, estoy contenta. Es lo que tenemos, con nuestro patrimonio, que son las variedades de aquí, intentamos hacer lo mejor cada año para compartirlo y mostrarlo de forma sincera. Tenemos que estar orgullosos de nuestras variedades, porque son de ciclo largo, tienen poca graduación alcohólica, no son muy ácidas y quizá no tengan muchas capacidades de guarda pero son las de aquí y si alguien viene a Mallorca, que las pruebe, tenemos que mostrar esta Mallorca. 

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Cati compartiendo sus vinos con las visitas.

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¿Cada vino que elaboras tiene su propia “formula” que repites cada año?
Los vinos naturales nunca son exactamente iguales, porque no añadimos nada entonces hay que tener en cuenta el `efecto añada´. El año pasado, al tener la plaga del moscardón verde, tuvimos vinos con menos graduación alcohólica este año quizá sea una graduación mayor porque ha sido muy cálido. Entonces depende, siguen una línea pero no es como un Rioja clásico que sigue una receta.‍

¿Planeas añadir nuevas elaboraciones?
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En esto de los vinos no se planifica, el “Cambuix” nació en el 2020 y antes de la cosecha no lo sabíamos. Tuvimos una tormenta con granizado y la uva quedó perjudicada, decidimos coger las mejores y hacer un rosado, así nació. Hay una planificación inicial, claro está, pero tienes que mantenerte abierta a los cambios.Ahora hace 22 años que hago vinos y nunca hemos cumplido la planificación. Vas haciendo pero al final, pasan cosas.

¿Cómo te afecta depender de la meteorología? Si estás en casa y de repente ves que cae una tromba, ¿qué sientes?
Me pongo nerviosa, muy nerviosa, pero siempre he visto a mi padre y a mi abuelo como si nada. La tierra es una gran maestra, porque realmente tenemos que estar abiertos y preparados, que nunca lo estamos, para que pase cualquier cosa en cualquier momento, como la vida misma. Dices: «Si todo va bien, iré ahí o haré eso», pero luego puede pasar cualquier cosa.

A mi abuelo y a mi padre siempre les he visto tener muy integrado ese perder. La viña es un ganar y un perder, y tenemos que estar preparados para perder. Como el Cambuix, que es una construcción después de una destrucción: después de un desastre nació un rosado que seguimos haciendo cada año.

¿Qué significa Cambuix?
Es una palabra mallorquina que significa “mal peinado”. Por ejemplo, cuando te levantas por la mañana que tienes los pelos así, como revueltos, dicen “ay que cambuix que llevas”.

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La bodega.

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Termino siempre de la misma forma: ¿qué mujer te inspira y crees que merece nuestra atención?
Mi madre. Si ahora te vas a Santa Margalida y en la plaza le preguntas a la gente mayor: “¿Quién es la mujer más trabajadora del pueblo?”, te aseguro que te dirán: “Catalina de la plaza”, porque tenemos una casa allí. Y esa es mi madre.

Mi abuela, su suegra, me decía: “Tu madre solo tiene un defecto: que trabaja demasiado”. Y si bien puede que así sea, es una mujer que, por circunstancias de la vida, no lo ha tenido fácil y es incansable. Además, de cualquier cosa encuentra una solución, nunca te deja venirte abajo. Es muy valiente y trabajadora. Mi madre.

Y bueno, diría que todas las mujeres de mi familia, porque mi abuela quedó paralítica a los 25 años y, yendo en silla de ruedas, cada día hacía la cena para siete, barría y fregaba una casa entera.

He visto mujeres muy currantes. Conviven con la valentía y el miedo. Y gracias a eso, a mí el miedo me impulsa.

Voy, con mis miedos, pero voy.