GESTAR

EN

Tatiana Sarasa

Artista multidisciplinar, Mallorca, España
Solicité esta entrevista con muy poca antelación y, como siempre, Tatiana, generosa, aceptó. Nos encontramos en su estudio, en el barrio de Santa Catalina, en Palma, ciudad en la que reside desde hace más de 30 años.

Su visión y sus palabras contienen verdad, honestidad y sabiduría. Espero que disfrutes esta lectura tanto como yo disfruté la conversación. Tatiana, gracias por ser fuente de inspiración.
No recuerdo por qué empecé con esta pregunta, creo que estábamos hablando de un podcast de espiritualidad y salté a la yugular con un ¿Crees en Dios?
¿Crees en Dios?
A ver, yo creo que hay un orden, como un orden cósmico, te diré… y creo también como en la evolución de las cosas, que hay como una una energía que de alguna manera lo conecta.

O sea, es como en nuestro planeta, todo el ecosistema, la tierra con su núcleo, la capa de ozono… Cómo ha evolucionando de una manera, no sé… orgánica. No creo que sea fortuito, pero tampoco creo que haya un ente que lo esté guiando. Creo que evoluciona de una manera natural y sí que hay una fuerza detrás.

No sé cómo explicarlo: hay un orden, una energía y hay una evolución y dentro de eso, todo tiene un sentido. Pero no creo en ese ente, esos dioses. Pero sí, creo en esa energía que lo conecta e impulsa, que lo puedes llamar también amor.
¿Consideras que esta visión se traslada a tu arte? Lo que creas se siente muy intencional, no surge de la nada…
Sí. Sobre todo últimamente. He pasado muchos años trabajando con materia natural y me he ido acercando cada vez más a ella. Tiene una fuerza brutal.

Ahora lo que intento es escucharla. Más que imponer mi discurso como artista o hablar de mis preocupaciones —como hacía antes—, estoy en otro lugar. En un inicio trabajé temas que me importaban, como la relación con los patrones: la necesidad de adherirse a una norma, a una moda, a una religión. Hice una exposición que se llamaba Follow the Pattern, en torno a esa idea de cómo nos cuesta tomar decisiones solos, por miedo.

En ese momento trabajaba con otros materiales, incluso cuentas de plástico. No había hecho todavía ese giro hacia la materia natural.

Siempre me ha interesado contar historias: cómo consumimos, cómo nos relacionamos con la ropa o con la naturaleza. Pero en estos últimos años —después de más de una década trabajando como tintorera, tiñendo telas y lanas, y viviendo en una isla— ese vínculo se ha intensificado. Venía de Barcelona, de una gran ciudad donde todo se mueve de otra manera.

Ahora estoy en un punto en el que esa relación con la naturaleza atraviesa mi práctica artística. Y la estoy desarrollando con una devoción y unas ganas brutales.
Has mencionado que ahora no buscas imponer. Imagino que es un ejercicio que conlleva mucha observación.
Sí. Creo que es tomar conciencia de “lo otro”. Nuestra cultura se mira mucho al ombligo; los humanos nos situamos por encima de la naturaleza, cuando en realidad somos naturaleza. Estamos hechas de mil bacterias, formamos parte de todo esto.

Entonces, tratar la materia como igual —no utilizarla como una herramienta— e intentar que pueda trascender su carácter es el trabajo que estoy haciendo ahora, en esta fase de creación.

Por ejemplo, utilizo pigmentos, tierras ocres, y cada ocre tiene una tonalidad distinta. Ese material lo observo, lo escucho de alguna manera. Lo que me transmite puede ser fuerza, ternura, impermanencia… muchas cosas. Y a partir de ahí desarrollo el trabajo.

Ya no parto de una idea que quiero aplicar y luego busco el material que me sirve, sino que empiezo desde la materia. Y eso lo he aprendido con los años, afinando la sensibilidad hacia los colores naturales: su sutileza, su fragilidad, cómo se transforman, cómo vibran.

Ahora mismo no entiendo otra manera de crear. No podría ir a una tienda de bellas artes a comprar una pintura acrílica para conseguir un color.
Tu paleta es la naturaleza… ¿Te defines como una artista multidisciplinar?
Creo que soy una persona muy curiosa, muy despierta y sensorial. Me fascinan muchas cosas. A veces me siento más como una niña: tocar la lana, trabajar con ella… pero no me puedo quedar solo ahí, porque también veo las flores, y voy incorporando todo eso a mi lenguaje.

Si miro atrás, siempre ha estado el color. Me fascina. No podría trabajar solo con una paleta neutra —aunque supongo que también aprendería a encontrar matices ahí—, pero el color me emociona. Es emoción: un amarillo, un naranja, un azul índigo… me remueven.

El color es un leitmotiv importante. Y luego está la textura, la materia en sí.
Cuéntame más sobre tu espacio, OpenStudio79: Cuándo lo creaste, cuáles eran tus intenciones iniciales y en qué punto estás ahora.
Estudié Bellas Artes en la Universidad de Barcelona, pero antes había estudiado prótesis dental. Sabía que quería hacer algo con las manos, algo manual. Tenía un tío dentista en Alemania y pensé que podía ser interesante, pero enseguida sentí que era una limitación, que no era el lugar donde podía desarrollarme.

En Bellas Artes empecé pintando cuadros con mucho color y, poco a poco, fui expandiéndome hacia la instalación. Para mí el arte es comunicación: una pintura lo es, el color, la materia… pero también lo es el espacio. Muchas veces sentía que la pintura se me quedaba corta, y empecé a trabajar de forma más escenográfica, utilizando distintos materiales para construir un relato, un diálogo.

Trabajé como artista visual en galería en Barcelona, y luego me mudé aquí, a Mallorca. Fui madre, y eso marcó un punto de inflexión. Fue un tiempo más pausado, y en ese espacio empecé a tejer. Yo necesito trabajar con las manos, y el tejido me daba ese lugar de calma: podía estar presente con mis hijas y, al mismo tiempo, entrar en otro estado.

El tejido también me llevó a cuestionar la materia. No quería trabajar con fibras acrílicas, así que empecé a buscar fibras naturales. Ahí entendí que no tenía nada que ver: trabajar con materiales que provienen del petróleo, que son plástico, frente a fibras vivas, con otra energía. Lo que pasa por tus manos, por tu piel, importa.

Con el tiempo, cuando mis hijas ya eran más mayores, decidí abrir mi estudio para compartir todo esto. Así nació OpenStudio79: un espacio para compartir valores en torno a la creatividad, el uso de las fibras naturales, los tintes, los oficios artesanales. Siempre he sentido que estos oficios son un legado muy valioso que hay que preservar.

También había algo en el mundo del arte con lo que no me sentía identificada: esa dimensión más egocéntrica o de mercado, donde el artista acaba siendo casi un producto. Yo necesitaba abrir el espacio hacia otro lugar, más colectivo, más compartido.

Durante años ofrecí talleres, invité a otros artistas y artesanos, empecé a teñir lanas con tintes naturales… y el proyecto fue creciendo. Pero también implicaba estar muy volcada hacia fuera, con horarios, con una dinámica de tienda.

Y llegó un momento, hace poco, en el que sentí la necesidad de volver a mí. Después de tanto compartir, necesitaba nutrirme de todo lo aprendido y llevarlo de nuevo a mi práctica artística.

Ahora el espacio ya no está abierto de forma continua al público. Se activa puntualmente para eventos, pero sobre todo es mi estudio, un lugar de creación. Sigo dando talleres —porque compartir conocimiento me parece de las cosas más bonitas que hay—, pero los hago en colaboración con otros espacios, como la Escuela Artesana en Inca.

Este es el punto en el que estoy ahora.

¿Por qué la belleza es importante?
La belleza es una verdad.

Creo que la belleza es vida, y que es importante porque forma parte de un equilibrio. Igual que existe lo feo, existe lo bello. Para mí, la belleza también es una forma de espiritualidad.

¿Cuestionas algunas de las formas de belleza que vienen impuestas por la sociedad mainstream o el sistema?
Creo que durante muchísimos años hemos sido —y seguimos siendo— víctimas de un sistema muy capitalista, muy orientado al consumo, que de alguna manera nos ciega. Y entonces, lo que entendemos por belleza… no sé si realmente es belleza.

La belleza habita en cualquier momento, simplemente abriendo los ojos y sintiendo: la luz, el sol, un abrazo. Está ahí. Pero creo que cada vez tenemos la mirada mucho más cerrada, menos porosa. Y eso nos está afectando, porque dejamos de ser capaces de valorar, de sentir.

Vivimos saturados de imágenes, de opciones, de estímulos. Y en ese contexto, quizá la belleza tenga más que ver con la simplicidad, la austeridad, con el espacio que hay entre las cosas.

Creo que hay una necesidad de volver a eso. De vaciarnos un poco de todo lo que consumimos constantemente. Aunque es difícil, porque forma parte de cómo vivimos hoy. Pero hay que dar un paso atrás, tomar conciencia.

Recuerdo que hace años vino una chica de intercambio de Estados Unidos a casa y tenía el teléfono siempre en la mano, incluso durante la comida. Nos parecía una barbaridad. Y ahora somos nosotros los que vivimos así. Y eso no es sano.

Tiene que haber algún tipo de revolución.

Tenemos que aprender a ser capaces de sentir. El sentir está pues en tomarse tiempo para apreciar, Creo que nos han maleducado y que nosotros también nos hemos vuelto muy cómodos en ese sentido. Y claro, es mucho más incómodo estar una hora sentada mirando un árbol, o diez minutos en un museo delante de una obra de arte. Se te hace eterno.

La belleza está en muchas partes, pero requiere atención. Y eso implica también cambiar cómo funcionamos. Nos hemos apoyado mucho en sistemas —políticos, sociales— como si fueran a hacer el trabajo por nosotros. Pero yo creo que eso ya no funciona. 

Siento que el cambio también pasa por lo pequeño: por recuperar autonomía, desarrollar micro-emprendimientos, por crear comunidad, por acercarnos a quienes tenemos alrededor. Ayudar a una vecina, implicarnos más en lo cotidiano.

Tenemos que volver a eso, a mirar a nuestro alrededor, a acercarnos y ayudarnos mutuamente, es un cambio muy importante por hacer.

Ahí, quizás, también hay una forma de belleza.
Ahora mismo estamos en tu estudio, en el barrio de Santa Catalina, en Mallorca, una isla que está siendo transformada por capital extranjero. Este barrio es un claro ejemplo de la gentrificación que sufre la isla. ¿Te mantienes optimista?
Siempre intento ver el lado bueno de las cosas, pero creo mucho en los equilibrios, y ahora mismo hay un desequilibrio claro.

Por un lado, no ha habido una buena legislación. Y por otro, también está la ambición humana. Aquí, en la isla, también hay una responsabilidad: lo que se ha vendido, a qué precio, cómo se ha alimentado esa dinámica.

Siento que hay un patrón casi de colonización: personas con mucho poder adquisitivo que vienen a invertir por la calidad de vida, pero que no forman parte del tejido social, cultural o tradicional de la isla. Y eso se está perdiendo y luego ya es muy difícil recuperarlo.

Creo que es importante cuidar todo eso, porque cuando se apaga la llama, cuesta mucho volver a encenderla. Al final también es una cuestión de amor, de querer tu tierra. Y a veces duele ver lo que está pasando, por ejemplo en el campo mallorquín, donde se está perdiendo suelo agrario con nuevas leyes que permiten construir más.

La isla debería poder vivir mucho más de sus propios recursos. Nosotros también tenemos un papel ahí: consumir local, sostener lo cercano.

Pero optimista… no lo sé. Creo que esta ambición constante de querer más y más es una lacra.

¿Con qué inseguridades lidias a la hora de desarrollar tu arte?
La práctica artística implica exponerte. En el momento en que decides compartir lo que haces, dejas visible tu vulnerabilidad. Pero ahí justamente también hay belleza.

Soy una persona muy exigente conmigo misma, pero con los años he aprendido a calmar eso, en parte observando la naturaleza. La naturaleza está en constante transformación, cambia de un estado a otro, fluye. A veces, cuando uno busca la perfección, nos volvemos rígidos, muy estáticos. Y romper con eso —dejarse llevar hasta equivocarte— forma parte del proceso.

He mejorado en ese sentido. Tengo mucha más calma, más paz.
Siempre me gusta cerrar volviendo a las mujeres, porque al final de eso trata Gestar. ¿Qué mujer representa un referente para ti?
Wow, muchísimas. Pero ahora mismo me viene a la cabeza la artista chilena Cecilia Vicuña. Es una persona con una sensibilidad brutal, es activista y una gran defensora de la naturaleza.

Me encantaría sentarme un día a charlar con ella o simplemente caminar por un prado o un bosque.